Nuestras lecturas de 2025
Va una lista de las lecturas que más nos causaron este 2025, por mucho que ya circulan. Honor a quien honor merece: los libros y sus autores.
Hay tanto contenido efímero de tipo ranking, que cuando llega el final de año y el momento de “ordenar” las lecturas de 2025, cualquier lista parece clickbait, o parece ese meme de Homero Simpson en el bar de Moe, donde todos hablan de lo mismo. No nos dio tiempo de planear algo más original, de ni siquiera armar el meme, así que vamos igual con la lista. Lo que nos interesa, genuinamente, es compartir los libros que más nos tocaron este año, como también hicimos en 2024. Esta vez un poco más sueltos de lengua, desplegando más.
Nos tomaremos una pausa de los Nius durante unas semanas y volvemos en febrero de 2026 no solo con más correos, sino con un proyecto especial que venimos pensando y que estaremos compartiendo muy pronto, cuando ya esté más avanzado. Unos días de descanso, primero, y de trabajo, luego, como manda un buen verano.
¡Que tengan un lindo final de año!
Juanma y Rober
Las lecturas de Rober
El amor el mar, de Pascal Quignard (Galaxia Gutenberg):
Monsieur Quignard escribe tan bien que, si uno baja la guardia, hace parecer que el resto de autores de esta lista escriben pavadas. Exagero, pero puede que no por tanto. Se trata de una novela refinada, compleja, exigente, bellísima, quizás difícil de divulgar: la historia de amor entre dos músicos del Siglo XVII, en medio de las guerras de religión de Francia. En sus mejores momentos parece haber sido escrita por un profeta, o por un taumaturgo, o por un sabio. Dicho a la francesa: un redondo morceau de bravoure. No me voy a gastar todos los adjetivos que puedo usar con los próximos escritores en el autor francés, pero si tengo que decir algo del esfuerzo del traductor de la novela, es esto: un milagro.
Blackout, de María Moreno (Penguin Random House):
Qué libro atrevido, heterodoxo, fronterizo. Crónica de una generación de escritores argentinos casi extinta, mito de origen de una autora desclasada, ajuste de cuentas con una época patriarcal, memorias de una familia venida a menos, y en el centro del laberinto la bestia negra del alcoholismo. En la literatura de Moreno todo suena genuinamente real, aunque se haya inventado cada escena, y todo suena bellamente ficcional, aunque no le haya exagerado ni una coma. La verdad mentirosa del psicoanálisis en su versión más plebeya y argenta. Textazo.
¿Hay alguien ahí?, de Peter Orner (Chai):
Lo leí en enero y la verdad que marcó muchas de las lecturas laterales que fui haciendo durante todo el año. Y también la escritura, porque un par de trucos traté de copiarle al escribir nuestro newsletter (otra cosa es que lo haya logrado). A partir de la muerte de su padre, el escritor norteamericano hace una travesía por varias escenas familiares que lo marcaron a fuego. Su madre, sus hermanos, sus abuelos, sus parejas, y hasta su descendencia terminan cruzando las páginas del libro. Pero la principal compañera de vida de Orner, la cura más importante que tuvo frente a un padre imposible, resultó ser la literatura. Chejov, Cheever, Rulfo, Kafka, Eudora Welty, y un contingente de otros escritores que le han servido de refugio en los momentos más duros, y también en los más luminosos. La elegante prosa de Orner nos hace meternos ahí con él, con su padre y con sus libros, y nos hace sentir que una vida sin literatura sería una vida mucho más difícil de transitar.
El verano que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Țîbuleac (Impedimenta):
Bastante difundida en su momento, esta novela llegó a mis manos por una circunstancia personal. Al final resultó que poco tenía que ver con lo que me interesaba, pero terminé cautivado. La historia de un chico y su madre, durante el último verano que pasaron juntos. Una narración que conjuga genialmente la ternura con la crueldad, y la obscenidad con el lirismo. Es, en lo esencial, una novela de tono, y la afectación emocional o cognitiva del narrador la envuelve casi entera, como pasa en Papi de Rita Indiana, o en El mal de Portnoy de Philip Roth, aunque la novela de esta autora moldava puede que sea incluso mejor. Es más, llega tan alto que da la impresión que le costará a repetir algo a ese nivel. Espero entonces que siga publicando, para tener que tomarme la molestia de ir y tener que comprobarlo.
Mandarino, de Ezequiel Pérez (Eterna Cadencia):
La razón más honesta para hacer este tipo de listas (llenas de la natural vanidad por mostrar lo mucho o lo bien que lee uno) es difundir a los autores que merecen la pena. Y uno que merece circular mucho más es este escritor argentino que logró una obra notable con Mandarino. Es la historia casi mitológica de un pueblo hambreado, remoto, orillero, en la búsqueda de un pez, de un tótem. Aún tengo la duda de si me deslumbró más su prosa o su imaginación, pero no es necesario elegir: la buena literatura corre como un río, y a veces desborda a sus meandros. Hay ecos de Saer, de Di Benedetto, de Gaby Cabezón, sí, pero al mismo tiempo hay un autor que va pisando firme en su propio trabajo de artesanía con la lengua. Otro acierto de Eterna Cadencia, que raramente falla. Mandarino y la historia alucinada de su gente bien podrían terminar siendo una película. Su directora no debería ser otra que la gran Lucrecia Martel.
Otra vida por vivir, de Theodor Kallifatides (Galaxia Gutenberg):
El estilo sobrio de la historia, su extensión breve y sus componentes autoficcionales pueden hacer pensar que se trata de un libro pasatista, adecuado para lo que tanto se lee hoy día. Pero nada más lejos. Creo que fue la historia más conmovedora que leí este año. Un escritor anciano, enfrentando el retiro profesional, y replanteándose las bases de toda una vida, desde su país de adopción hasta su distante lengua materna. En poquísimas páginas el autor construye una nouvelle con múltiples capas de sentido: es delicada, entrañable y hasta edificante. La redención vital luego de un largo periplo es quizás el gran tema del alma griega, desde Homero. Kallifatides prolonga ese linaje, lo actualiza, y cual Odiseo nos hace subirnos a su barca. A donde nos lleva, con los recursos justos, es inolvidable.
Mi novia preferida fue un bulldog francés, de Legna Rodríguez Iglesias (Alfaguara):
Sin duda, el libro con el título más desenfadado que leí en 2025. La poeta cubana construye una serie de relatos hilvanados o una suerte de novela dispersa que no solo nos acerca a La Habana que ella dejó, sino a la ciudad que viene haciendo suya y que en Argentina poco se comprende: Miami. El tono “caribe” del libro es total. Cadencia, desparpajo, hostilidad, exuberancia, sensibilidad. Tiene imágenes tan pop como la que suelen encontrarse en el sur de la Florida y tan barrocas como las que hay todavía en el barrio Jesús María. Legna rompe con el martillo y talla con el cincel, todo en simultáneo. Miami es, entonces, ese bloque de mármol que le permite a los personajes del libro tratar de armarse una vida, precisamente por su falta de identidad como ciudad: es pura posibilidad, es en tanto es deseo del que allí no vacaciona, sino se instala. Ese no-lugar mayamero termina haciendo de refugio para los náufragos del Caribe, y de más allá. Y haciendo de soporte a una nueva (y buenísima) literatura que se aleja de cierto ombliguismo patriotero: al final los lectores somos una gran diáspora que nos acomodamos en cualquier lugar que nos haga sentir como en casa.
El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald (Debolsillo):
La primera vez que leí la novela, tirado en el piso de algún pasillo universitario, me pareció buena, incluso interesante, pero terminó algo opacada por el crush que tenía entonces con Faulkner. Afortunadamente, se puede dejar pasar el tiempo, leer otras cosas, y volver. Decir algo de una novela tan estudiada (y que recién cumplió 100 años de publicación) supone el riesgo de repetir mucho de lo que ya se ha dicho, pero la sensación que me quedó fue que sigue siendo una novela fresca: el fraseo es impecable, los personajes son muy palpables, y los temas que aborda siguen vigentes. Es la historia trágica de Jay Gatsby, un nuevo rico tratando de ponerse al día con su pasado. Gatsby es uno de los grandes arquetipos del capitalismo del siglo anterior, o al menos de esa época que tan bien supo describir el autor. Más que describirla, la inventa: los años 20, la era del jazz, la del expansionismo yankee, mucho le debe a Fitzgerald. Por aproximación, creo que hay más de un personaje de la política norteamericana actual (o también de por acá por el sur) que podría ser un personaje de la novela, pero dejo esos lances para otro momento. El gran Gatsby puede ser el clásico más versátil del canon yankee porque algo siempre puede decirle al lector, venga de donde venga. Eso ya es muchísimo. De Faulkner no sé si se puede decir lo mismo.
Islas del abandono, de Cal Flyn (Capitán Swing):
Se trataba, a priori, de un libro de viajes, un compendio de crónicas por lugares del mundo en donde la vida parece ir tocando su fin (Chernobyl, Verdún, Plymouth en las Antillas, el lago Salton, Detroit incluso). Pero encontré algo mucho mayor, una obra que es ciencia, política, ética y poesía. La traducción es inmejorable: muchas de las mejores descripciones que leí este año vienen de lo que escribió esta autora escocesa. Y fue el libro de ficción del cual aprendí más palabras nuevas, por escándalo. La mirada de Flyn parece abarcarlo todo, a lo Werner Herzog, y su prosa no está lejos de lo que hace Valeria Luiselli. Sin exagerar. Todo eso sumado a un diagnóstico durísimo que da sobre la vida en la Tierra, pero que no impide un pronóstico realista: le podemos dar vuelta a la autodestrucción planetaria. No dudo que sea así. Flyn tiene tanto talento que si me dice lo contrario, que hay que terminar emigrando a Marte, ahí estaré, acomodado en primera fila.
Declaración de canciones oscuras, de Luis Felipe Fabre (Sexto Piso):
Como empecé la lista hablando de un autor abarrocado, cierro con uno de su misma estirpe, pero de este lado del Atlántico, con un escritor mexicano que se mandó un novelón sobre Juan de la Cruz, el cuerpo, la amistad, el amor, la lealtad, el erotismo, la poesía, la vida, la oscuridad, y Dios. No hay que ir a buscar ningún misticismo en Lux de Rosalía, sino en esta, lo digo sin complejos, obra maestra. La historia es la de unos intrépidos que tienen como misión trasladar (robar) el cadaver del entonces santón Fray Juan, carmelita descalzo, desde un convento andaluz hasta Segovia. Es una novela en clave picaresca y está escrita en lenguaje de época, pero la alquimia de Fabre es tal que hace que pase como agua: a las pocas páginas ya estamos leyendo fluido ese castellano vernáculo. Y aunque es cierto que el libro se disfruta mucho más si tenemos algunas nociones muy básicas de la poesía mística, o de la España del Siglo de Oro, el autor no descuida lo narrativo. Es un libro que nunca aburre: Hay humor, hay acción, hay misterio, hay sorpresas. Entusiasma lo mucho que logra Fabre con un material tan difícil. Entusiasma porque nos recuerda que las posibilidades de la literatura están lejos de estar agotadas. Como dice el dicho: quien no conoce a Dios, a cualquier santo le reza.
Las lecturas de Juanma
De la pila de lecturas de este año, algunas las olvidé rápido, otras las disfruté con entusiasmo y otro puñado quedó resonando en una dimensión desconocida, como si el mayor efecto de la literatura estuviese asociado a la adherencia de lo que somos. Estas son esas lecturas. No necesariamente las mejores, sino las que tocaron un nervio, dieron ganas de subrayar y robar párrafos enteros o dispararon conversaciones secretas.
El ojo en la garganta (cuento incluido en El buen mal), de Samanta Schweblin (Penguin Random House):
Pocas veces un cuento consigue condensar con tanta precisión una experiencia límite. El ojo en la garganta trabaja sobre el cuerpo como territorio de conflicto, pero también como superficie de inscripción de lo indecible.
Schweblin hace lo que mejor sabe: partir de aquello que conocemos para deslizarnos, con maestría, hacia el universo de lo extraño; revelar la dimensión inquietante de escenarios y personajes en apariencia triviales; jugar con la percepción del lector y provocar un desconcierto que lo involucra emocionalmente y lo lleva a cuestionar la comprensión de la realidad.
Al terminar de leerlo, queda la impresión de haber asistido a algo íntimo y perturbador.
Todos los veranos, de Haroldo Conti (Nueve 64):
Volver a Conti es recordar que la sencillez puede ser una forma singular de profundidad. Conti escribe como quien conversa. En Todos los veranos, el tiempo, la memoria y la pérdida se entrelazan en la conciencia de lo que se repite y, al mismo tiempo, se pierde para siempre. El paisaje -el río, el calor, el ritmo lento de los días- funciona como extensión del estado de ánimo del relato. En Conti, el espacio siempre está cargado de afecto y de historia. Allí se ancla una forma de vida que el cuento observa con ternura, pero sin idealizarla.
Lo que queda al leer Todos los veranos no es una enseñanza ni una revelación dramática, sino una sensación persistente: la de haber presenciado algo verdadero, frágil, inevitable.
Conti escribe desde un lugar donde la nostalgia no paraliza, donde los personajes luchan con el agua o los largos días del verano o la soledad del invierno para arrancarle a la vida un secreto.
Diarios, de John Cheever (Debolsillo) (relectura):
Releer a Cheever es confirmar que detrás del gran escritor de los suburbios había un tipo hecho pedazos. Los Diarios son brutales, repetitivos, contradictorios y por eso mismo fascinantes. Alcohol, culpa, deseo, autoengaño: lo que aparece, con una insistencia casi agotadora, es un hombre en guerra consigo mismo.
Cheever escribe como si el registro de una vida fuera una forma de mantenerse a flote, de no desaparecer del todo. No hay progresión narrativa ni aprendizaje ejemplar: hay vueltas en círculo, días que se parecen demasiado a los anteriores, una lucha que nunca termina de resolverse.
El cronista impecable de los suburbios norteamericanos aparece acá desarmado, a veces mezquino, a veces lúcido hasta el dolor. Esa distancia obliga a releer su obra de ficción desde otro lugar: la prosa contenida, elegante, casi perfecta de los cuentos parece ahora una forma de control frente a una vida interior caótica.
Releer estos diarios es aceptar que no vamos a recibir consuelo ni lecciones claras, pero sí algo más raro y valioso: la posibilidad de ver cómo de una subjetividad fracturada, llena de culpas y deseos reprimidos, puede surgir una de las prosas más cautivantes del siglo XX.
Soldados de Salamina, de Javier Cercas (Penguin Random House):
Soldados de Salamina se presenta, en apariencia, como una investigación bastante clásica: hay un narrador que busca reconstruir un episodio menor de la Guerra Civil española, consulta archivos, entrevista testigos y persigue una verdad esquiva. Pero pronto queda claro que Javier Cercas no está interesado en “resolver el enigma” como en un policial tradicional. Utiliza más bien esa estructura para mostrar que, cuando se trata del pasado, aunque el investigador haga todo lo que se supone que debe hacer, aun así fracasa. O mejor dicho: entiende que el fracaso es parte del asunto.
Cuando los documentos no alcanzan, los testimonios se contradicen y la memoria falla, la imaginación empieza a ocupar los huecos. Lo que queda no es una verdad cerrada, sino una historia armada a partir de silencios, dudas y conjeturas.
La Guerra Civil aparece menos como un hecho terminado que como un problema abierto, un pasado que sigue preguntando y resistiéndose a ser clausurado. La mezcla de crónica, ensayo y ficción es la manera que encuentra Cercas de decirnos que toda reconstrucción histórica es parcial, situada y profundamente narrativa.
Soldados de Salamina termina siendo una novela sobre cómo miramos el pasado. Y en tiempos de relatos simplificadores, esa incomodidad sigue siendo, quizás, su mayor acierto.
Toque de queda, de Jesse Ball (La bestia equilátera):
Toque de queda arranca como una fábula extraña, con reglas arbitrarias, personajes apenas delineados y un mundo que funciona según una lógica absurda. Pero esa rareza dura poco: enseguida aparece una sensación más incómoda, la de estar leyendo algo demasiado cercano.
En este mundo hay normas que nadie discute del todo, prohibiciones que se aceptan por costumbre y castigos que se aplican con una naturalidad inquietante. No hace falta que Ball explique demasiado: alcanza con mostrar cómo los personajes se mueven dentro de ese sistema, cómo aprenden a obedecer, a callar, a adaptarse. La opresión no llega a través de los grandes gestos.
Ball escribe con frases limpias, casi secas, sin adornos ni énfasis. Esa austeridad es parte del efecto: el horror no está en lo que se dice, sino en lo que se acepta sin preguntas.
Lo absurdo acá es político: revela hasta qué punto la obediencia puede construirse sin violencia explícita, solo a fuerza de hábito y miedo difuso. El resultado es una novela que deja una resonancia larga.
Ball no imagina un futuro lejano ni extravagante; apenas corre la realidad unos centímetros, lo suficiente para que empiece a crujir.



Me encantan las recomendaciones de libros! Me quedo con Mandarino para mis próximas lecturas. Ahora que soy una ávida lectora. Buen, estoy en ese periodo del año que leo 6 libros en un mes y después no leo por 11 meses. (espero romper la maldición)
CAPÍTULO 256: AMERIKUA Y EL DECRETO DEL SILENCIO
La Cámara de la Sintonía estaba sumida en una penumbra azulada. No había música, no había celebraciones. El silencio era tan denso que se podía sentir la presión en los oídos. Saíd Al-Azhar permanecía en el centro, con las cuatro Reinas a sus flancos como columnas de una dignidad herida pero inquebrantable.
Frente a ellos, el linaje: Cristiano, Clean, Gala y Gallagher, junto a sus respectivos esposos y esposas. Los rostros de los jóvenes reflejaban confusión y una chispa de rebeldía. Ellos, criados en la abundancia de la luz, no entendían por qué las fronteras se estaban tiñendo del gris del dogma.
—¿Tierra quemada? —la voz de Cristiano rompió el silencio, cargada de una incredulidad dolorosa—. Padre, hemos luchado por cada alma en Brasil. ¿Me estás pidiendo que apague las torres de Tesla y deje que el dogma se trague las aldeas que Alborada y yo hemos protegido con sangre?
Gala dio un paso al frente, con los ojos brillantes—. ¡Madre, son personas! ¡Creen que somos demonios porque Emerson les ha envenenado el oído, pero podemos convencerlos! ¡No podemos dejarlos atrás!
Las Reinas se miraron entre sí. Fue Anastasia quien dio un paso adelante. Sus ojos, antes llenos de una dulzura infinita, ahora tenían la fijeza del diamante.
—Hijos —dijo Anastasia, y su voz vibró en la Lattice de la habitación—, no hay de otra manera. Nosotros hemos amado a esta gente con cada fibra de nuestro ser. Les hemos dado salud sin pedir nada, les hemos dado conocimiento sin imponer dogmas. Pero la verdad no es un regalo que se pueda forzar en una garganta cerrada.
—Lo que su madre dice es la ley de la realidad —intervino Saíd, su voz resonando con una autoridad que hizo que todos guardaran silencio—. No todos están preparados para ser dioses de sus propias realidades. No todos están listos para la responsabilidad de ser libres. La libertad sin conciencia es un peso que el hombre común prefiere cambiar por la comodidad de una cadena y un amo que le perdone sus "pecados".
Clean apretó los puños, mirando a su esposa de los Urales. —Pero, ¿y si mueren en la ignorancia?
—Reencarnarán —sentenció Saíd con frialdad—. Reencarnarán una y otra vez en el sistema de Emerson hasta que el dolor les enseñe lo que el amor no pudo. La sintonía nace del corazón, se siente, se vive... pero no se impone. No vamos a rogar por su lealtad, ni a obligarlos a abrir los ojos. El que ama sus cadenas, que las bese.
Saíd caminó hacia la consola central y activó el mapa vibracional. El nombre de Amerikua brilló en un tono dorado sobre el centro del continente.
—Escuchen bien. A partir de hoy, la Ciudad de Cristal se vuelve un mito. Cristiano, tú y la Samurái regresarán con Alborada a Brasil. Clean, tú y tu esposa irán a los Andes con Aurelio. Gala, tú y el Príncipe Etíope reforzarán a Santander en el Norte. Gallagher y Miller se quedarán conmigo para blindar el núcleo.
La orden era clara: Selección.
—Aldea que acepte la cruz de Emerson, aldea de la que nos retiramos —instruyó Saíd—. Pero no dejen nada. Quemen la tecnología, retiren la frecuencia. Que Emerson herede ciudades de piedra y hombres que se arrodillan. Nosotros nos concentraremos en Amerikua. El Palacio que estamos construyendo será inaccesible para los tibios. Nadie podrá pisar ese suelo si no cree en sí mismo, si no cree en la Sintergia, si no entiende que el Creador Perfecto no hizo nada imperfecto.
El ambiente cambió. Los hijos, al ver la determinación en los ojos de sus padres, comprendieron que la guerra ya no era por el territorio, sino por la pureza del espíritu. Gallagher miró a Miller y asintió; la tarea de construir el refugio final era la más sagrada de todas.
—Vayan —dijo Saíd, abrazando a sus cuatro hijos en un círculo de fuerza—. Defiendan el linaje. Si Emerson envía a sus perros —Pizarro, Albarracín o Alfonso—, combatan como sombras. Entrada por salida. Que sientan el aguijón de Amerikua, pero que nunca vean nuestro rostro. La era de la misericordia masiva ha terminado. Comienza la era de la Soberanía Divina.
Los hijos partieron hacia sus naves de frecuencia, llevando consigo el decreto que cambiaría la historia de los próximos doscientos años. Mientras tanto, en la Ciudad de Cristal, las luces empezaron a atenuarse. Saíd y las Reinas observaron cómo su creación se volvía invisible para un mundo que no la merecía.
—Amerikua —susurró Saíd, grabando el nombre en la piedra angular del Arca—. Solo los que crean en su propio poder encontrarán el camino de regreso a casa.