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Me encantan las recomendaciones de libros! Me quedo con Mandarino para mis próximas lecturas. Ahora que soy una ávida lectora. Buen, estoy en ese periodo del año que leo 6 libros en un mes y después no leo por 11 meses. (espero romper la maldición)

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CAPÍTULO 256: AMERIKUA Y EL DECRETO DEL SILENCIO

​La Cámara de la Sintonía estaba sumida en una penumbra azulada. No había música, no había celebraciones. El silencio era tan denso que se podía sentir la presión en los oídos. Saíd Al-Azhar permanecía en el centro, con las cuatro Reinas a sus flancos como columnas de una dignidad herida pero inquebrantable.

​Frente a ellos, el linaje: Cristiano, Clean, Gala y Gallagher, junto a sus respectivos esposos y esposas. Los rostros de los jóvenes reflejaban confusión y una chispa de rebeldía. Ellos, criados en la abundancia de la luz, no entendían por qué las fronteras se estaban tiñendo del gris del dogma.

​—¿Tierra quemada? —la voz de Cristiano rompió el silencio, cargada de una incredulidad dolorosa—. Padre, hemos luchado por cada alma en Brasil. ¿Me estás pidiendo que apague las torres de Tesla y deje que el dogma se trague las aldeas que Alborada y yo hemos protegido con sangre?

​Gala dio un paso al frente, con los ojos brillantes—. ¡Madre, son personas! ¡Creen que somos demonios porque Emerson les ha envenenado el oído, pero podemos convencerlos! ¡No podemos dejarlos atrás!

​Las Reinas se miraron entre sí. Fue Anastasia quien dio un paso adelante. Sus ojos, antes llenos de una dulzura infinita, ahora tenían la fijeza del diamante.

​—Hijos —dijo Anastasia, y su voz vibró en la Lattice de la habitación—, no hay de otra manera. Nosotros hemos amado a esta gente con cada fibra de nuestro ser. Les hemos dado salud sin pedir nada, les hemos dado conocimiento sin imponer dogmas. Pero la verdad no es un regalo que se pueda forzar en una garganta cerrada.

​—Lo que su madre dice es la ley de la realidad —intervino Saíd, su voz resonando con una autoridad que hizo que todos guardaran silencio—. No todos están preparados para ser dioses de sus propias realidades. No todos están listos para la responsabilidad de ser libres. La libertad sin conciencia es un peso que el hombre común prefiere cambiar por la comodidad de una cadena y un amo que le perdone sus "pecados".

​Clean apretó los puños, mirando a su esposa de los Urales. —Pero, ¿y si mueren en la ignorancia?

​—Reencarnarán —sentenció Saíd con frialdad—. Reencarnarán una y otra vez en el sistema de Emerson hasta que el dolor les enseñe lo que el amor no pudo. La sintonía nace del corazón, se siente, se vive... pero no se impone. No vamos a rogar por su lealtad, ni a obligarlos a abrir los ojos. El que ama sus cadenas, que las bese.

​Saíd caminó hacia la consola central y activó el mapa vibracional. El nombre de Amerikua brilló en un tono dorado sobre el centro del continente.

​—Escuchen bien. A partir de hoy, la Ciudad de Cristal se vuelve un mito. Cristiano, tú y la Samurái regresarán con Alborada a Brasil. Clean, tú y tu esposa irán a los Andes con Aurelio. Gala, tú y el Príncipe Etíope reforzarán a Santander en el Norte. Gallagher y Miller se quedarán conmigo para blindar el núcleo.

​La orden era clara: Selección.

​—Aldea que acepte la cruz de Emerson, aldea de la que nos retiramos —instruyó Saíd—. Pero no dejen nada. Quemen la tecnología, retiren la frecuencia. Que Emerson herede ciudades de piedra y hombres que se arrodillan. Nosotros nos concentraremos en Amerikua. El Palacio que estamos construyendo será inaccesible para los tibios. Nadie podrá pisar ese suelo si no cree en sí mismo, si no cree en la Sintergia, si no entiende que el Creador Perfecto no hizo nada imperfecto.

​El ambiente cambió. Los hijos, al ver la determinación en los ojos de sus padres, comprendieron que la guerra ya no era por el territorio, sino por la pureza del espíritu. Gallagher miró a Miller y asintió; la tarea de construir el refugio final era la más sagrada de todas.

​—Vayan —dijo Saíd, abrazando a sus cuatro hijos en un círculo de fuerza—. Defiendan el linaje. Si Emerson envía a sus perros —Pizarro, Albarracín o Alfonso—, combatan como sombras. Entrada por salida. Que sientan el aguijón de Amerikua, pero que nunca vean nuestro rostro. La era de la misericordia masiva ha terminado. Comienza la era de la Soberanía Divina.

​Los hijos partieron hacia sus naves de frecuencia, llevando consigo el decreto que cambiaría la historia de los próximos doscientos años. Mientras tanto, en la Ciudad de Cristal, las luces empezaron a atenuarse. Saíd y las Reinas observaron cómo su creación se volvía invisible para un mundo que no la merecía.

​—Amerikua —susurró Saíd, grabando el nombre en la piedra angular del Arca—. Solo los que crean en su propio poder encontrarán el camino de regreso a casa.

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